Soñé durante años y lo hice con la nula esperanza de ver convertidos esos sueños en realidad pero, no por eso, dejé de hacerlo.
Los alimenté, día a día, sin descanso hasta que llegó un momento en el que ya dudaba de lo que era real y lo que era soñado.
Soñé y sigo haciéndolo.
Sueño pero ahora ya no necesito diferenciar entre realidad y fantasía.
Ya no.